Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¿De cuándo acá tanto rigor? Quisiera saberlo.
—No sé. Vd. dirá.
—Lo que yo sé es que de aquà acaba de salir un hombre.
—No, señor. Aquà no ha estado nadie desde que salió Chepilla.
—Le he visto con mis ojos.
—Sus ojos le engañaron. Ha sido una ilusión.
—Qué ilusión ni que niño muerto. Le vi, le vi, no me queda género de duda.
—Entonces creeré que Vd. ve visiones.
—No me hables más con ese aire desdeñoso, despreciativo dirÃa, que me parece intolerable y ajeno de ti y de mÃ. No disimules tampoco ni busques persuadirme que fue un duende y no un hombre de carne y hueso, el que acaba de alejarse de esta ventana, tras de la cual te encuentro sentada y al parecer muy tranquila.
—¡Ah! Ya eso es otro cantar. Puede Vd. haber visto un hombre parado donde está Vd., ahora. Lo que yo niego y negaré siempre es que Vd. le viera salir de aquÃ, porque él no puso los pies en esta casa.
—De todos modos salió de aquÃ, de este lugar, estuvo conversando contigo y necesito saber quién es y qué buscaba.