Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Lo que comprendo es que vas a divertirte en el campo con una mujer que detesto sin conocerla a derechas, y que no puedo, no debo, ni quiero consentirlo.
—Eres muy celosa, Celia. He aquà tu único defecto. Si yo te amo más que a mi vida, más que a todas las mujeres del mundo, ¿no te basta?, ¿qué más quieres? Por otra parte, esta corta ausencia nos conviene a los dos, asà nos querremos con mayor ternura a mi vuelta. Después, en Abril entrante me recibiré de Bachiller en derecho y entonces tendré más libertad para hacer lo que me dé la gana. Ya verás, ya verás cuanto vamos a gozar. Yo para ti, tú para mÃ.
Para este tiempo Cecilia se habÃa puesto en pie, esperando quizás la retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sus hombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechÃsimo talle que casi se podÃa abarcar con ambas manos lucÃan a maravilla, alumbrados a medias por la bujÃa en el interior, en contraste con la oscuridad ya reinante en la calle. Más enamorado que nunca Leonardo de tanta belleza, añadió con la mayor ternura:
—Lo que falta ahora, cielo mÃo, es que me des un beso en señal de paz y de amor.
Cecilia no respondió palabra ni hizo el menor movimiento. ParecÃa transfigurada.
—¡Vaya con Dios!, —dijo el joven desconsolado—. ¿Tampoco me darás la mano?