Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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El mismo silencio, igual inmutabilidad. La conversión no podía ser más completa, pues si respiraba, no daba señales el redondo y levantado seno, de agitación ni de perceptible movimiento.

—Tu abuela va a venir, —agregó Gamboa—. ¿Oyes? Se concluye la salve en Santa Catalina; yo no quiero que me vea. ¡Adiós, pues!… ¡Ah! ¿Me dirás el nombre de la persona que hablaba contigo cuando yo llegué?

—José Dolores Pimienta, —contestó Cecilia en tono tan breve como solemne.

Sintió Leonardo que toda la sangre se le agolpaba al rostro y que le quemaba las mejillas; y como para mejor ocultar la impresión que le había causado aquel nombre en boca de Cecilia, se alejó de allí a toda prisa, a la sazón que los fieles salían del convento vecino.

Por su parte Cecilia se dejó caer en la silla y lloró amargamente.




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