Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Bien quisiera don Cándido romper de una vez con el pasado, borrar de su memoria hasta la huella de ciertos hechos. Pero sin saber cómo, sin poderlo evitar, cuando más libre se creía, sentía, puede decirse así, en sus carnes el peso de los grillos que le ataban al misterioso poste de su primitiva culpa. Mucha parte tenían en esto los testigos y cómplices de ella. Recordábansela sin cesar y se la ponían delante a doquiera que tornase los ojos.

Aquí tiene el lector algunas de las razones por qué, a raíz del serio altercado con doña Rosa, don Cándido se hizo el encontradizo con Montes de Oca. No le riñó por las indiscreciones que había tenido con su esposa. ¡Qué reñirle! Al contrario, nunca le apretó con más efusión la mano. Es que le necesitaba para el arreglo de un proyecto en que venía meditando de poco tiempo a esta parte. Quería que, como médico, certificase que sin riesgo de la vida no era posible la traslación de la enferma en el hospital de Paula, a la nueva casa de locos. Esto, en primer lugar. En segundo lugar, pretendía que se prestara a servir de conducto por medio del cual seña Josefa, o en su defecto la nieta, recibiera una pensión mensual de veinte y cinco duros y medio por tiempo indefinido.



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