Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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En tal virtud, y teniendo en cuenta la edad y carácter alegre de Cecilia, no es de extrañarse que, tras pasajera preocupación, se entregase de nuevo en brazos de los placeres que le brindaba el baile. Sin embargo, en medio del torbellino de la danza y del incienso de adulación con que los hombres pretendían embebecerla, la inquietaba a veces el pensamiento del riesgo que corría el hermano de su amiga Nemesia, por haberla defendido de los insultos de un loco o de un asesino.

Por eso, como mujer agradecida, desde aquel punto empezó a sentir por José Dolores una especie de simpatía que no había sentido nunca, y en descuento de la deuda contraída no tuvo empacho en manifestarle sus temores. Riose él de ganas al oírla, replicándole, quizás para tranquilizarla que el Dionisio Gamboa, Jaruco o lo que fuese, era un miserable esclavo, muy bocón para parársele delante fuera del baile, porque dice el refrán que perro que mucho ladra no muerde. Observole Cecilia que siendo esclavo y cobarde era más de temer, pues atacaría a traición, no cara a cara. Replicó a esto José Dolores, que, efectivamente, tenía que ir prevenido y con los ojos muy abiertos, no fuera que le dieran por la espalda; pero que por lo demás ya él se había armado con un cuchillo que le acababa de prestar un amigo, y que tenía que ser lince el hombre que le matase del primer viaje.


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