Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Después del ambigú y de otra danza entre las doce y la una de la madrugada, terminó el baile y cada cual marchó para su casa. Seña Clara, de brazo con Uribe, su marido; Cecilia y Nemesia con el hermano de ésta, en unión agradable se dirigieron a lo largo de las casuchas que había por aquel lado de la calzada, en dirección de la puerta de la muralla, llamada de Tierra por ser la más inmediata. Al acercarse a la primera esquina de la calle de Cienfuegos o Ancha, notó Cecilia la sombra de un hombre que, ganándoles la delantera, torció por allí a la derecha. Sospechó desde luego quién podría ser y trató de llamarle la atención a su compañero, al lado opuesto, indicándole el café nombrado de Atenas, solitario y oscuro, cerca de la estatua de Carlos III, a la entrada del paseo. Pero el hombre no pasó de largo cual ella esperaba; se plantó en la esquina y dijo alto:
—Sinvergüenza, sangre de chincha, ven para acá, si eres guapo.
Preciso era que José Dolores tuviese sangre de ese insecto para que se desentendiese de un desafío semejante, hecho delante de la dama de sus pensamientos. Hizo, pues, por desprenderse de sus compañeras, las cuales, sujetándole cada una por un brazo, habrían conseguido el intento si no acude en su ayuda Uribe diciendo a las muchachas:
—Dejen que le dé una mojada.