Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Asà fue. José Dolores sacó el cuchillo, tomó el sombrero en la mano izquierda para usarle como la capa el matador delante del toro, y siguió los pasos del contrario sin acercarse demasiado.
Cecilia, con Nemesia y seña Clara, agarradas de las manos y de Uribe, todas temblorosas y con la ansiedad que es de imaginar, se estuvieron a esperar cerca de la esquina el resultado de una lucha que no podÃa menos de ser sangrienta. A poco más oyeron la voz argentina de José Dolores que dijo: —AquÃ; y la ronca del negro que respondió: —AquÃ. Y comenzó sin más la horrible brega.
La carencia absoluta del alumbrado público, junto con la oscuridad de una noche sin luna, impedÃan ver claro los movimientos de los combatientes, no obstante la proximidad a que estaban del grupo espectador. Suponiendo que Dionisio tuviese el valor sereno de José Dolores, no tenÃa su agilidad y mucho menos su destreza en el manejo del cuchillo. Esto se echó de ver pronto, porque tras unos pocos esguinces y quites con el sombrero, se oyó primero un ruido extraño, como de tela nueva que se rasga con fuerza, y de seguidas el bronco[144] de un cuerpo pesado que da en tierra. Cecilia y Nemesia dieron un grito penetrante y cerraron los ojos. ¿Quién de los dos habÃa caÃdo? ¡Momento de terrible ansiedad!