Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Mientras el caÃdo continuaba gimiendo sordamente, el otro pareció acercarse a paso menudo hacia la calzada. En segundos, que no en minutos, salió de la densa oscuridad que le rodeaba, mucho más densa para los ojos de los que le aguardaban y que del sobresalto no podÃan ver claro. VenÃa riente, ligero como un gamo, envainaba el cuchillo y se ponÃa el sombrero hecho trizas. Era José Dolores Pimienta. Cecilia fue la primera a recibirle, y sin saber lo que hacÃa, por un impulso de su alma generosa y sensible, le echó los brazos al cuello, preguntándole con cariño:
—¿Te han herido?
—¡Ni un arañazo! —contestó él, tanto más orgulloso cuanto que sentÃa sobre su corazón la cabeza de la mujer a quien adoraba sin esperanza de correspondencia. En oyéndole ella, lloró de pura alegrÃa cual la niña que recupera su muñeca cuando la juzgaba irrevocablemente perdida.