Cecilia Valdes
Cecilia Valdes De seguidas una criada avisó a Isabel que el Contramayoral la esperaba en el otro lado del pórtico. Pidió ella permiso a los huéspedes. Su padre, hablando con éstos, explicó el motivo de su ausencia diciendo:
—Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree que primero es la obligación que la devoción. Lleva cuenta del café que se recolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite a La Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista, cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que murió mi esposa, que santa gloria haya, mi Isabel está hecho cargo de la casa, del cafetal y de todos mis negocios. ¡Ay! No sé qué sería de mí si también ella me faltase.
¿Quién era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de la pez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien se apareció su ama, la hizo una genuflexión para pedirla su bendición, porque él mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o más compañeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.
—Niña, —la dijo—, aquí está la cuenta de lo barrí llenao hoy.