Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Desaparecía por entonces la claridad del día, y el airecillo de la noche, por más que viniese cargado de los perfumes de las flores y de las emanaciones gratas que emite el campo a esa hora, empezó a dejarse sentir. Las señoras, sobre todo, tuvieron que apelar al abrigo acostumbrado, el pañolón de seda, echado al desgaire sobre los hombros. Pero en los momentos de trasladarse a la sala, resonó el melancólico tañido de la campana de la queda en los cafetales circunvecinos y en el de La Luz, llamando a amos y esclavos a la oración y al recogimiento. En oyéndolo doña Juana, sus sobrinas, los dos jóvenes y don Tomás Ilincheta, éstos con los sombreros en la mano, y los criados del servicio inmediato de la familia con los brazos cruzados, todos de pie, aquella señora comenzó diciendo: —¡Ave María Purísima!; a que contestaron los circunstantes en coro: Sin pecado concebida. —El Ángel del Señor (prosiguió la señora) anunció a María que el Hijo de Dios Padre encarnaría en sus entrañas, para redención del mundo. ¡Ave María! María Santísima lo admitió diciendo: ves aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra ¡Ave María! El Hijo de Dios se hizo hombre, y vivió entre nosotros. ¡Ave María!
Dadas las buenas noches, las hijas primero y tras ellas los criados, besaron la mano de doña Juana y de don Tomás, y recibieron en contestación el usual Dios te haga una santa, o un santo.