Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Está bien, Pedro, —repuso Isabel—. No hay para qué estropear las matas, ni que tumbar el grano verde. SerÃa mucho menor la zafra el año entrante si eso se hiciera. Escúchame Pedro, con atención. Mañana bien temprano pon toda la gente a limpiar el batey y las guardarrayas principales hasta las nueve. Tenemos visitas y quiero que todo esté aseado y bonito. Por la tarde es preciso que unos pilen y avienten el café seco, y que otros, las mujeres y los más débiles, a escoger. El caso es aviar todo el pilado y aventado, mañana mismo si es posible.
—Asina si jará, niña.
—¡Ah! Lo principal se me olvidaba, —agregó Isabel en tono triste—. A Leocadio que dé bastante maÃz y yerba al trÃo moro y al trÃo dorado, porque tienen que emprender largo viaje pasado mañana.
—¿Va a salà lamo?
—No, tÃa Juana, Rosita y yo, que vamos a pasar las Pascuas en la Vuelta Abajo.
—¡Anjá! La niña si va otra vuelta, la casa parece robá.