Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Por razones que es fácil colegir, las señoras no siguieron desde luego el ejemplo del amo de la casa. Los jóvenes no sentían inclinación ninguna a separarse por el resto de la noche, sin comunicarse con una palabra, con una mirada aunque fuese algo de lo mucho que bullía en sus cabezas. Así es que, por instinto casi, después de la cena volvieron al pórtico fronterizo y emprendieron paseos de arriba a abajo, en dos grupos: el de Isabel con su tía y Meneses y el de Rosa y Leonardo a retaguardia. A la primera vuelta preguntó éste a aquélla, en tono bajo, indicando a la hermana mayor:

—¿Qué tiene la niña?

Este era casualmente el primer verso de una canción muy popular entonces; y Rosa, que era viva y traviesa, contestó al punto con el segundo verso que la daba nombre:

—Sarampión.

—¿Con qué se le cura?, —volvió a preguntar Leonardo con el tercer verso.

—Con coscorrón; —concluyó Rosa sin poder tener la risa.

—¿De qué se ríen Vds.?, —preguntó Isabel muy atenta a lo que pasaba a sus espaldas.

—No le diga, Gamboa, —dijo Rosa—. Déjela con su curiosidad. Ella no es de nuestro bando.


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