Cecilia Valdes

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Capítulo VI

Los negros… ¡Oh, mi lengua se resiste

A formular de su miseria el nombre!

D. V. TEJERA

Por mostrar celo y actividad a los dueños, o por equivocar la hora precisa, como se guió por el canto de los gallos, el Mayoral del ingenio de La Tinaja, en la mañana de Pascua, puso la gente en pie mucho más temprano de lo acostumbrado.

Con el último solemne tañido de la campana, después de tomar sendas tazas de café, de encender un tabaco y de armarse, descolgó la llave, llamó a sus perros y se encaminó a pie al barracón para abrir la reja de hierro. Metió resueltamente la ponderosa llave en la cerradura, quiso hacerla girar en la guarda y no pudo: ¡Qué demongo! —dijo para sí—. Aquí han andao. Me parece que voy a dar más cuero… que Dios toca a juicio.

Alumbró con el tabaco el ojo de la llave, dio media vuelta en sentido de cerrar y oyó distintamente correr el pestillo y entrar en el cerradero del cerrojo.

—¡Voto a Dios! —exclamó—. Si estaba abierta la puerta y yo he sío tan caballo que la he cerrao. ¡Va que la dejé abierta anoche! ¿Estaba yo bebió, o loco, o trastornao? ¿O ha habío aquí brujería? ¿Qué pasa, Liborio?


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