Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—¡Mata! —repuso ella con arrogancia.

—Agárrala tú. Túmbala tú, —gritó el Mayoral, ya en el paroxismo de la ira, a los compañeros de la esclava.

Tres de éstos obedecieron sin tardanza. Dos la cogieron por un brazo y el otro por un pie, con lo que fue fácil hacerla perder el equilibrio y dar con ella en tierra boca abajo.

De presumir es que la misma ciega obediencia con que los tres se prestaron a ejecutar la orden perentoria del Mayoral, excitara más la cólera de éste respecto a Julián arará, que parecía dispuesto a desobedecer. Midiole don Liborio de alto a bajo con ojos en que se traslucía algo de la rabia que le dominaba, no poco de sorpresa y un mundo de recelos, porque era amenazadora la actitud del negro y, como la mayoría de sus compañeros allí presentes, estaba armado de machete corto o calabozo y azadón. Vino a comprender entonces que había andado algo imprudente, y que estaba perdido como flaquease en el momento crítico. Así que, haciendo de tripas corazón, gritó con más aparente brío que nunca:

—¿Y tú qué haces, perro? ¿Por qué no metes mano? Dobla el lomo… (soltando uno de los ternos que acostumbraba, a falta de mejor expletivo).


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