Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —No lo diga. No se tome ese trabajo la niña; lo sé: fue a pajariar. Yo le daré pajareo. Pero, ¿cómo es que se aparece ahora doña Tomasa suama?
—Venga a presentarse a la suamos.
—¡Bueno! Asina se hace. Pero ¿por aónde dentraron ustedes en el barracón?
—Po la pueta.
—¿Quién abrió la puerta a la niña?
—Naide. TenÃa la pueta abieta.
Aquà se remató la paciencia del cómitre.
—Conque estaba abierta la puerta, ¿eh? ¡Ah, pedazo de p…!
Y sin más ni más la pegó tan fuerte bofetón, que la tendió en el suelo aturdida. Mientras ella se ponÃa en pie, dirigió poco más o menos las mismas preguntas a los cuatro compañeros de la negra y obtuvo poco más o menos idénticas respuestas.
—¡VÃrate!,[166] —dijo a la esclava echándole garra por un hombro con el objeto de derribarla de bruces.
Mas ella joven, robusta y ya prevenida, se mantuvo firme y dijo:
—Sumecé no me catiga, mi suama mi madrina.
—¡Ja! ¡Ja!, déjame reÃr. ¿La señora tu madrina? Pues dile que se levante de la cama y que venga a salvarte del bocabajo. Mira, negra de Barrabás, vÃrate o te mato…