Cecilia Valdes
Cecilia Valdes La guardarraya era muy angosta. A un lado y otro se desplegaban cañaverales extensos y cerrados. El encuentro se hacía inevitable. En tal aprieto, y deseoso Leonardo de ahorrar a sus amigos, en cuanto cabía, el nuevo mal rato que se les esperaba, mandó picar el paso so pretexto de que se hacía tarde, y él mismo procuró tomar la derecha de Isabel y divertir su atención hacia el otro lado del campo. Inútil cuidado. Todas las jóvenes, que entonces marchaban de dos en fondo, vieron y entendieron perfectamente de lo que se trataba, tributando quien un ¡pobrecito!, quien una lágrima silenciosa a la memoria del muerto Pedro; el cual, por ser negro y esclavo, no era menos digno de su compasión. Porque ellas, aunque criadas a la leche de la esclavitud, como tiernas flores que abrían sus pétalos a los primeros rayos del sol de la vida, bien podían exclamar con el orador latino: homo sum; humani nihil a me alienum puto[171].
Recibió doña Rosa a los paseantes con vivas muestras de cariño y regocijo. Tomó a Isabel por la mano y dijo hablando en general:
—Gracias a Dios que han vuelto. Sobre que ya iba entrando en cuidado. Me pareció que les había sucedido algo. Luego, me acaban de decir que ésta (Isabel) pierde el juicio en cuanto monta a caballo. Supongo que se han divertido mucho.