Cecilia Valdes

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Isabel se sonrió meramente y se retiró a su cuarto con Adela; pero Leonardo, Meneses y Cocco protestaron del juicio con que todas las señoritas se habían portado en el largo paseo.

—Me alegro, me alegro, —dijo doña Rosa. Mas luego, dirigiéndose en particular a su hijo, añadió—: ¿Qué tiene? (Se refería a Isabel).

—Nada, que yo sepa, —replicó Leonardo.

—Me parece que ha venido más triste. ¿Se ha enfermado en el paseo? ¿O tú le has hecho algo?

—¿Yo, mamá? Jamás he estado más amable y cumplido con ella.

Entonces Leonardo refirió a su madre cuanto habían visto en su malhadado paseo; su encuentro con el negro ahorcado en el bosque y con el entierro de Pedro.

—Pero ¡hombre!, ¿a quién se le ocurre llevar a las muchachas por semejantes andurriales?

—¿Y yo qué sabía, mamá? Para adivino, Dios.

—¿No lo decía yo? De esta hecha Isabel no vuelve a poner los pies en el ingenio. Se figurará que siempre es lo mismo.

—Ella no se ha quejado.


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