Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Alumbraban el trapiche unas fogatas que habían encendido los negros, no tanto para obtener claridad en aquel ancho y tenebroso edificio, como para calentarse; pues se sentía un relente desapacible y ellos carecían de abrigo, excepto el gorro de lana que algunos llevaban puesto. Ruidos distintos y gran batahola reinaban por todas partes. Hombres y mujeres pasaban y repasaban del tablero de alimentación del trapiche a las pilas de cañas, ya con los brazados a la cabeza, ya de vacío, según era el caso; todos siempre de carrera, estimulados por el látigo del contramayoral, que no les concedía momentos de descanso ni de respiro. En sus idas y venidas pasaban lo más cerca que podían de las fogatas, así para atizarlas con el pie como para recibir de lleno el calor, en cuyas ocasiones la llama rojiza, cual siniestro relámpago en medio de una noche tempestuosa, solía iluminarlos de pies a cabeza, con lo que se podía echar de ver que eran seres humanos y no fantasmas de las regiones infernales quienes desempeñaban tan recias faenas en horas que la mayoría de los obreros se entrega al sueño.