Cecilia Valdes
Cecilia Valdes En esta parte de la casa de calderas no se oían, pues, más que los estallidos de los ramos verdes y del bagazo todavía húmedo con que los negros alimentaban el fuego, o el crujido de los haces de caña al pasar por entre los cilindros macizos y relucientes del trapiche, o el zumbido sordo, peculiar del volante de la máquina de vapor en sus vertiginosos giros. Con este afanoso trabajar, desaparecían una tras otra las pilas de caña, especie de murallas verdes, que al principio circunvalaban casi la casa de ingenio; de suerte que la corriente del guarapo en la canal de madera hacía el mismo murmurio que un arroyuelo ordinario.