Cecilia Valdes
Cecilia Valdes El departamento propio de las calderas estaba pobremente alumbrado por unos cuantos candiles de grasa común colgados a trechos de las gruesas vigas, en derredor del laboratorio o tren Jamaiquino. Más humo que luz emitían, soltando de cuando en cuando gotas de grasa encendidas, que se apagaban luego que tocaban en el suelo de ladrillos. Por su parte, el vapor que desprendía la miel en cocimiento, cargaba más la espesa atmósfera de aquel sitio, disminuyendo a compás la poca fuerza luminosa de los candiles. De tal modo era esto así, que pisando el suelo caliente y pegajoso de las calderas, por largo rato las personas recién venidas sólo veían a los fabricantes del azúcar como a través de un espeso velo de gasa. A veces un rayo de luz penetraba la nube de humo y vapor, hería el busto de los negros y del maestro de azúcar afanados en torno de las calderas; y entonces se repetía aquí al vivo uno de aquellos cuadros en que suelen representar a las ánimas del purgatorio.