Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Trajéronse sillas y se estableció el estrado en la parte opuesta a los hornos o fornallas, que era la más despejada y la menos calurosa. La reunión se aumentó con la presencia de los empleados blancos, los cuales acudieron presurosos para saludar a los amos del ingenio. El maestro de azúcar hizo traer tazas y servir guarapo hirviendo con algunas gotas de aguardiente a las señoras y a los caballeros. El mismo, echándola de cortés, sirvió del dulcísimo brebaje con su propia mano a doña Rosa y doña Juana, y habría servido a las demás señoras si Cocco y Meneses, modelos de cortesía, no se le anticipan y le ahorran el trabajo. Leonardo e Isabel no se habían sentado; continuaron de bracero paseándose arriba y abajo, en cuanto lo permitían la estrechez relativa y los inconvenientes del sitio. Tampoco se sentaron Adela y Rosa Ilincheta, prefiriendo registrar, acompañadas de Dolores, los diversos departamentos de la casa de calderas, sin aventurarse, no obstante, en los rincones muy oscuros.