Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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«Y de contra, niñas, —prosiguió ella su interesante relación—, don Liborio hacía que el Mayordomo le escribiera una carta al amo, donde le decía mil cosas de mí; que yo era una tal por cual; que traía revuelta la finca con mis enamoramientos; que por mí tenía que cambiar de operarios a cada rato. En efecto, botaba a los que suponía que me gustaban. También decía que apenas entraba un nuevo operario, yo me daba mi arte para vajearlo, y hacer que descuidara sus obligaciones por enamorarme. En fin, que yo sonsacaba a los hombres. ¡Yo sonsacadora! ¿Qué culpa tenía de que los blancos se enamoraran de mí? Si les correspondía, malo; si los rechazaba, peor. ¡Vaya mirando, niña, qué triste era mi situación!

»La contesta a la carta del Mayoral era siempre: Castigue a esa perra. Por supuesto, él se vengaba a su gusto de los desaires que yo le hacía. ¡Pobre de mí! ¡No tenía ni a quien quejarme! Vinieron unas Pascuas el amo y el niño Leonardo, más ninguno de los dos quiso oírme ni verme tampoco. Otra vez le dije al patrón Sierra lo que me pasaba: fue a La Habana, volvió y me contó que no pudo hablar con Señorita ni con su merced; sólo logró decir algo a Dolores». Confirmó Adela en todos sus detalles esta última circunstancia, refiriendo brevemente la escena con su madre, descrita al final del Capítulo IX, Segunda parte.


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