Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Todas las señoras, más que menos asustadas, no acertaron a decir palabra en justificación de la desusada escena. No así Adela. Lejos de turbarse, salió con mucha risa a recibir a su madre, procurando ocultarle la antigua ama de leche con los pliegues de la falda; y en pocas palabras la explicó el objeto de la reunión y sus resultas. Enseguida agregó:

—Aquí tienes a María de Regla. Te pide perdón (se había echado a los pies de su señora) y nosotras todas nos unimos a su ruego para que la dejes ir a La Habana al lado de Dionisio.

Cogida de sorpresa doña Rosa entre los brazos de su hija y la esclava a los pies, no supo qué responder; mas luego dijo con sentimiento.

—¡Ay, hija!, ¡qué me pides! Eso es más, mucho más de lo que yo puedo concederte si he de cumplir con mi deber y mirar por mi tranquilidad y la de algún otro de la familia.

—¡Mamá! —repuso Adela—, ella nos ha contado su historia y la creemos inocente de todo cuanto la acusan. Oyéndola hemos llorado como unas niñas.


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