Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Inocente, tú, —dijo doña Rosa con sarcasmo—, que has creído en sus cuentos y lágrimas de cocodrilo. No ha nacido negra más hipócrita y maligna que ésta. Me ha causado más disgustos que pasas tiene en la cabeza. Nunca me ha dicho palabra de verdad; ha tratado siempre de engañarme y me ha desobedecido muchas veces. Sí, aquí está donde merece. En ninguna otra parte podrían aguantarla, y me da lástima cuando te empeñas por semejante negra. Lo peor es, niña, que ella no te quiere, porque es incapaz de querer a nadie.

—Pero yo la quiero, mamá. Ella me crió y siempre me llora y me pide que le sirva de madrina contigo. No tengo ya fuerzas para resistir sus lágrimas y sus ruegos.

—Está bien, Adela, —replicó doña Rosa después de breve rato de reflexión—. Por ti y por Isabelita (que no podía reprimir el llanto) perdono a María de Regla. Que vuelva a La Habana, pero no a servirme, ni a vivir en casa, sino para que se alquile por su cuenta. Yo le daré papel. Con eso, el jornal que gane será para que tú y Carmen tengan todos los meses algún dinerito con que comprar alfileres.



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