Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Enseguida pasó otro, también hombre de color, aunque más civilizado que el precedente, si hemos de juzgar por el traje. TraÃa al brazo algo que parecÃa un instrumento músico, envainado en una funda de bayeta. Paró la atención en los lamentos del herido, se detuvo a respetable distancia, y, cerciorado de lo que pasaba, exclamó compadecido:
—¡Pobre! ¡Qué mojáa le han dao! No se ha muelto entuavÃa. Pero ¿quién me mete a mi en honduras? ¡La justicia!… ¡Allá su arma su parma!
Este siguió camino a toda prisa, volviendo la cara atrás de cuando en cuando, no fuera que alguien le hubiese visto y le siguiera las huellas para achacarle el homicidio mañana o esotro dÃa.