Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Prefirió siempre la pesca de sardinas en Tallapiedra, o la de camarones en la Zanja Real, o el juego de papalotes en el placer de Peñalver, o el de mates en la plazuela de San Nicolás, o el del picado en las paredes de la iglesia de Jesús María. Esto, en el lenguaje vulgar de los chicos de la escuela, se llamaba fugitivarse. La fuga de ella traía consigo la necesidad de pasarse los días enteros al sol y al agua en las calles, hecho la piedra de escándalo de todo transeúnte pacífico, cuando no había oportunidad para guarecerse de algún cobertizo, como el del matadero de cerdos, o de una taberna, donde infaliblemente se sobraban las ocasiones de birlar algo con que entretener el hambre. Pero ya en una, ya en otra parte, lo más cierto era que sacaba siempre la cabeza descalabrada, bien a manos del compañero curro con quien jugaba, bien a las del tabernero, que no buscaba nunca en los tribunales de justicia la defensa y amparo de su propiedad.