Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Pues según mis informes, que son de buena tinta, —continuó la Ayala—, Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lo digo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive o muere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a la nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndole los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la infeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa que seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina[32] en ponina, para ver si la liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando. Como que así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendió el vuelo.

—Pero se puede saber, —preguntó la que dijeron Caridad—, ¿quién es el señorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no lo conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.





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