Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, seña Caridad, voy a sacarla de dudas, —dijo la Ayala acercándose—. Creo que hablo con una mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto. Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa que el hombre es…; —y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa, le comunicó en secreto el nombre del individuo—. ¿Lo conoce Vd. ahora?, ;—concluyó preguntando la Ayala.

—Por supuesto que sí, —contestó seña Caridad—. Como a mis manos. Lo más que yo conocía. Por cierto que…; pero cállate, lengua.

Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile. Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término que pinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolos muellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolverse y estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, y aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido de la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfecto tiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sin cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compás con exacta medida en la danza criolla.


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