Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Es querei desisde ar señol, que dende el año pasao, entre yo, un paidito ñamao Picapica y un morenito ñamao Cayuco, paranos de mañanita temprano, junto a la plasoleta de Santa Teresa, a un blanquito mu currutaco que en cuanto que le enseñé el jierro me se quedó muelto entre las manos y mos dio toas las prendas que tenÃa arriba de su cueipo. Misamigos se cogieron la plata y yo me cogà esta prenda. Dispué se la yebé a un platero de la Calsáa pa vel si me la meicaba; ma en cuanto que la miró bien, va y me dise: Esta prenda es robáa, y yo no doy poleya ni un cabo de tabaco. MÃe, paisano, cogà piche, y dende ese dÃa la tengo enterráa. Es factible quer señol puea vendesta.
—Daca la prenda dichosa, —dijo Dionisio con gran prosopopeya.
Pero no bien la tuvo en la mano, exclamó sorprendido:
—¡Yo conozco este reloj, amigo Polanco!
—¿Beldá?, dijo Malanga, ¡mÃe que caso!
Era de oro, y de la argolla pendÃa, doblada en dos, en vez de cadena o cordón, una cinta moaré azul y encarnado, cuyas extremidades recogÃa una hebilla, asà mismo de oro.
—Conozco este reloj, —repitió Dionisio—. Señorita, quiero decir, mi señora, se lo regaló al niño Leonardo en octubre del año pasado. Debe tener una marca.