Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Llámame paisano, —prosiguió—. Asà me dirigió Vd. la palabra cuando me encontró más muerto que vivo en medio de la calle. Desgraciadamente soy esclavo, amigo mÃo, y no me hallo aquà con licencia de mis amos. Yo me aproveché de su ausencia en el campo para coger del escaparate de la señora la ropa que Vd. se figuró era de zacateca. Ahà tomé también el dinerito con que nos hemos venido bandeando. Dentro de dos dÃas no queda ni para encenderle una vela a las ánimas del purgatorio. Gana Vd. poco y eso con mucho riesgo. AsÃ, es necesario pensar en salir a la calle y ver cómo se hace por la vida.
—No se aflija er señol, —dijo Malanga en confianza—, que entuavÃa tengo yo una prenda con que se puée haseil plata.
—Venga la prenda, —repuso Dionisio alegre.
Desenvainó el matón el buido cuchillo, que siempre llevaba consigo debajo de la camisa, escarbató el suelo natural del cuarto hacia un rincón, oculto por el catre, y sacó algo pesado, envuelto en un trapo. Enseguida, teniendo el bulto alto, añadió: