Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—No hay para qué perdonarle, amigo Malanga. Si para hacer uno por la vida tuviera que pararse en melindres, se moriría de hambre. Estoy seguro, —prosiguió Dionisio—, que a estas horas se hallan mis amos muy descansados en La Habana, y su primer cuidado ha sido pregonarme por el Diario. Me parece que leo el edicto en que se ofrece pagar bien por mi captura. No faltará quien, por ganarse la propina, me siga los pasos, y desde ahora digo, que bien puede amarrarse los calzones el que pretenda echarme garra… Yo no me entrego vivo, tendrán que hacerme picadillo. Tal vez Tondá, que me conoce, se habrá hecho cargo de la comisión… No le arriendo la ganancia. Pero no hay necesidad de comprometer un lance, porque dice el refrán que el que evita la ocasión evita el peligro, y yo estoy resuelto a vivir y ser libre ahora que me he escapado. Yo no nací para ser esclavo toda la vida, señor Malanga. No. Yo me crié en medio de la grandeza y de la abundancia; ni conocí los rigores de la esclavitud mientras estuve con mis primeros amos. Esos sí que eran caballeros. Ahora estoy casado y tengo dos hijos. Digo mal. La mujer hace muchos que me la tienen desterrada allá en las quimbámbulas del silencio, en un ingenio, y ha tenido un mulato con un blanco. Pero yo la quiero y quiero con el alma a mi hija, y debo trabajar para comprarles su libertad y la mía. Con que vaya viendo, amigo Malanga, si conviene que no me llame Dionisio, ni Jaruco, los dos únicos nombres por los cuales soy conocido en esta ciudad. Mientras Tondá no oiga mi nombre, ni me vea la cara, estoy seguro.


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