Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Pa eso que a mà no me vale er que me ñamen Polanco o Malanga, dijo éste con cierta resignación. Lo mismito da. Tóos me conosen pol los dos nombres. Yo soy más conosÃo en esta suidá que los perros. Y mÃe er caso, yo tambié estoy pregonao. Mes capé de las uñas de Tondá pol un milagro. Pue, señol, dentré yo una noche der año pasao con dos amigos, argo talde, en la tabelna que está en la esquina de Manrique y la Estreya. Pedimos un poco der que quema, bebinos y salinos de rengue liso, cuando er tabelnero va y me coge pol la camisa pa que le pagáranos la bebÃa. MÃe, paisano, me se subió el diablo: metà mano ar jierro y le di una mojáa na más aquà (pasándose el Ãndice por la garganta) sarva sea la paite. Der viaje sortó un caño de sangre como un toro jerÃo, y pa que vea er señol, sartó el mostraól y nos corrió atrás hasta la esquina, donde tubo que agarraise, cayó y dejó maicaos los deos con sangre en la paré[183]. Dispué, Tondá se olió que habÃanos sido nosotros, y tanto nos buscó hasta que dio con los tres en un velorio, allá pol lo Sitios. Yo salà safando, ma mis dos amigos cayeron en er laso, y entuavÃa maman cáisel. Dende entonce ando sin sombra, polque Tondá es mú júbilo. ¿No ve? Sargo solo de noche y a pena ni paso pol la tienda.
—¿Qué tienda?
—La tienda der maestro Sosa.
—¿Maestro de qué?