Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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No prosiguió; la emoción o el dolor le ahogó la voz en la garganta. Por su parte Cecilia, al sentir la mano de la abuela en la cabeza, experimentó una sensación muy parecida a la que se experimenta cuando recibimos una descarga eléctrica, y sus lágrimas, hasta entonces contenidas por fuerza, empezaron a correr hilo a hilo por sus mejillas, aumentando el agua del lebrillo.

Advirtiolo la anciana, y sacando fuerzas de flaqueza, como suele decirse, agregó:

—No llores, alma mía, que me afliges más de lo que estoy. Consuélate. Tú eres una niña todavía: tienes delante un porvenir risueño. Aunque no te cases nunca, todo te sobrará. Siempre habrá quien mire por ti y te proteja. Y si no, allá está Dios en el cielo que no le falta a nadie. Ya siento algún alivio. Tal vez el mal da tiempo… ¿Qué sabemos? Vamos, hijita, cálmate. Valor. Necesitas descanso. Si te acuestas ahora mismo, de aquí al día tienes dos horas de sueño para recuperar las fuerzas… Las muchachas de tu edad son como la flor de la maravilla: cátala muerta, cátala viva. Ven, dame un beso, y… hasta mañana. El ángel de la guarda te proteja con sus amorosas alas.



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