Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Nuestro ángel custodio San Rafael y la Virgen Santísima te oigan, hija mía. Sentiría morir por ti, no por mí. Tú principias a vivir, ya yo terminé la jornada… Pero, ve, haz como gustes y sea lo que Dios quiera… Se me parte la cabeza, —agregó, oprimiéndose con ambas manos la frente…

Con esto se apresuró Cecilia a hacer lumbre en el fogón, debajo del cobertizo en el patio, valiéndose de la usual pajuela y de unos pocos carbones. Así, en minutos quedó listo el baño y puesto en un lebrillo grande. Enseguida procedió a darle el baño a la abuela con no menos fe y cariñosa humildad que la mujer que le lavó los pies a Jesucristo en casa de Simón. Mientras se los enjugaba, mejor dicho, enjugándoselos, se los sobaba blandamente, y de cuando en cuando les imprimía un ardiente beso, o se los arrimaba a las mejillas para comunicarles algo del calor que ardía en sus venas.

Conmovida la abuela, puso una mano en la cabeza de la nieta, y dijo:

—¡Pobre Cecilia! Esto quiere decir, mi vida, que tú misma conoces que mis horas están contadas. Digo mis horas, cuando pueden ser mis minutos, mis segundos… y me preparas para la cena antes de emprender…


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