Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¿Su merced no se confesó y comulgó ayer por la mañana?
—SÃ, niña. ¿Y qué?
—Bien. Pues eso basta.
—No basta. Somos pecadores. A cada momento pecamos y debemos estar preparados para que cuando llegue la hora, nuestra alma comparezca ante su Divina Majestad, limpia como una patena.
—No estaba su merced anoche de cuidado. Si lo sospecho ¿cómo hubiera ido al maldito baile? Nunca. Lo que no comprendo es por qué se ha puesto su merced tan mala que le haga temer la muerte en horas.
—De la salud a la enfermedad no hay más que un paso, y lo mismo se vive que se muere.
—¿PodrÃa su merced explicar lo que siente ahora?
—Es imposible, mi vida. Lo único que te diré es que se me arranca el alma, y que mientras más pronto vayas por el padre…
—El padre no va a curarle la calentura, y su merced no tiene otra cosa. Es muy aprensiva su merced. Mejor será que vaya por el médico. Si iré por él en cuanto amanezca. Entretanto le daré un baño de pies y le pondré unos sinapismos para que se le quite el dolor de cabeza. Verá, verá su merced cómo la alivia, si no la pongo buena. Su merced no puede estar tan mala que no tenga cura. TodavÃa su merced me entierra a mÃ.