Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Tan triste y miserable se sentía Cecilia, que hasta el momento de meterse en la cama no advirtió que la abuela era presa de una desazón terrible. La pobre anciana se retorcía y gemía sordamente, cual si estuviera a punto de acabársele la vida. Buscó entonces su frente, y no bien le puso la mano encima, la retiró exclamando:
—¡Ay, mamita! Su merced tiene calentura.
—¿Ya viniste? —replicó la anciana con voz moribunda—. Si tardas un poquito más no me encuentras viva.
—Su merced no estaba así cuando yo salí para el baile. Véase qué disparate ha hecho en mi ausencia.
—Ninguno. Me pasé la prima rezándole a la Virgen; pero desde por la mañana me siento malísima. Me ha dado en el corazón que se acerca mi fin. ¿Qué hora es?
—Son las dos. Acabo de oír el reloj del convento.
—¿Crees tú que está levantado el padre Aparicio?
—No lo creo, mamita. El no llega al convento antes de las cuatro, que es cuando principian los maitines. Pero ¿para qué quiere su merced el padre a estas horas?
—¡Hija mía!, para confesarme. Siento que se me acaba la vida y no quiero morir como un perro.