Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Mientras Cecilia se desnudaba casi a tientas, por la poca claridad de la mariposa en el nicho, se le escaparon uno tras otro involuntarios y hondos suspiros. Esos eran los amarguísimos dejos de la fiesta. Allá había corrido para aturdirse con el movimiento de la danza, las armonías de la música y las adulaciones de los hombres; para ahogar en el tumulto de las vastas y heterogénea reunión el recuerdo del amante ausente, desdeñoso y quizás olvidadizo, para ver de vengarse de su ingratitud, para probar, en fin, si podría olvidarle en caso de más indefinida y seria separación.
Todo le salió al revés. Repasó en la mente las peripecias de la diversión, y halló que había sido demasiado prolongada, la música ruidosa y chillona, las mujeres desgarbadas y feas, los hombres petulantes y necios, la reunión harto vulgar e insípida para haberla alegrado y entretenido. Comparó esa fiesta con la del 24 de setiembre en casa de la Ayala, donde gozó como reina del amor y de la hermosura en brazos de su amado, hoy ausente, y se le oprimió el corazón y estuvo a punto de que la ahogara el sentimiento. Pensó en su suerte, deduciendo, por necesaria consecuencia, que peor había sido el remedio que la enfermedad, y que la venganza entre los amantes terminan siempre en el castigo de una de las partes contendientes, en la muerte para la dicha o para la vida terrenal.