Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Al cabo de corto espacio de mortal silencio, se abrió un postiguillo de la ventana y asomó por él el rostro de una dama tan por extremo hermoso y sonrosado, que se quedó Cecilia estupefacta. Figúrese el lector unos ojos negros y rasgados, a los que dan sombras cejas espesas en arco, una boca pequeña de labios encendidos, una nariz aguileña y muy expresiva, una cabeza amorosa poblada de profusa cabellera negra que azuleaba, el todo encuadrado y puesto de relieve por una graciosa papalina[184] de batista, «cual la nieve blanca», guarnecida de un vuelo menudo de tiras bordadas. Tales eran los rasgos fisonómicos que más sobresalían en doña Agueda Valdés, joven esposa del célebre cirujano don Tomás Montes de Oca.
Este bosquejo a la pluma es copia del retrato al óleo de esa dama, hecho por el pintor Escobar[185], que cuando jóvenes pudimos contemplar extasiados, pendiente de las desmanteladas paredes de la sala de su casa, en la calle de la Merced. Respecto de su fisonomía moral, el rasgo más prominente, a lo menos aquél de que nos es dado hablar en estas páginas, eran los celos. Su propia sombra se los inspiraba, no embargante que su marido carecía de aquellas prendas físicas que hacen atractivo al hombre a los ojos de las mujeres. Pero era médico, célebre y rico, y ella tenía muy pobre opinión de las hembras, diciendo a menudo que no había hombre feo para la enamorada y ambiciosa.