Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Movida por los malditos celos, ejercía una vigilancia constante sobre su marido, sobre los clientes que él visitaba y sobre los que acudían en demanda de sus profundos conocimientos médico-quirúrgicos, especialmente si arrastraban faldas. Por eso madrugaba tanto; por eso cuando no podía adquirir informes por sí misma, cometía la debilidad de poner en confesión al estúpido y malicioso calesero, su esclavo, el cual, aun cuando a veces la revelaba hechos reales y positivos, casi siempre la llenaba la cabeza de un centón de cuentos de brujas.

Es de suponer cuál no sería el regocijo interior de doña Agueda al descubrir que la que había llamado a la puerta era una moza de medio pelo que, pues se recataba bajo la manta de burato bordada de colores y, por supuesto, costosa, de lujo, no podía menos de ser alguna de sus amigas con el disfraz de paciente.

—¿Qué quieres?, —le preguntó la celosa señora con cierta aspereza y precipitación, no fuera que volviese a tocar.

—Vengo por el señor doctor, —contestó tímidamente Cecilia, acercandóse a la ventana y levantando entonces los ojos de lleno a la desconocida señora.

—¡Tate! —dijo ella entre sí, luego que notó el buen parecer de la muchacha—. Aquí hay gato encerrado. El médico, —añadió alto—, ha pasado mala noche, y duerme…


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