Cecilia Valdes
Cecilia Valdes En medio de su aflicción creyó notar Cecilia algo extraño en la hermosa señora, algo que tenía semejas con la locura. Pero no la inspiró eso el más leve temor, antes se sintió fuertemente atraída hacia ella, no ya sólo por la naturalidad de sus palabras, sino también por la gracia de sus acciones y la dulzura imponderable de su voz. Ello es, que como dominada por una poderosa fuerza magnética, callada y sumisa se dejó llevar hasta el comedor, donde penetraba alguna claridad, gracias a su inmediación al patio, y donde su conductora tomó asiento de espaldas contra una mesa grande de bruñida caoba. Allí, teniendo a la joven (que se conservó en pie) por ambas manos, muy cerca de sus rodillas, la estuvo contemplando y examinando desde el cabello a la planta un buen espacio, y, cual si hablara con una estatua, o con una persona que no entendía su idioma, repetía con énfasis: ¡No se parece! ¡Qué! Nada, no se parece. No puede ser hija suya. Tal vez ha salido a la madre, que es la cierta.
—¿Sabes quién es tu padre? —le preguntó de repente.
—No, señora, —contestó Cecilia con la mansedumbre de antes.
—¿No te lo ha dicho nunca tu madre?
—No, señora. Yo no conocí a mi madre. Ella se murió poco tiempo después de nacer yo.
—¿Quién te ha contado ese cuento?