Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Tu hijo, digo, —continuó don Cándido sin turbarse—, estaba a punto de cometer la mayor de las calaveradas que ha cometido hasta el presente. Me interpuse, porque al fin soy su padre, y evité la comisión… Tú no quieres que le toquen a él, ¿qué otro recurso me quedaba sino tocarle a ella? Hete, en resumen, el monto de mis andadas.
—¡No me quedaba que oÃr! ¿Conque para evitar que el hijo cometiera una calaverada, va el padre y da un escándalo?
—En este caso no ha habido escándalo ninguno.
—¡Cómo! ¿Se ha hecho la cosa a ocultas? Tanto peor. Véase qué interés tienes tú en ello.
—No otro, a fe mÃa, que el de impedir la comisión de una verdadera infamia por una persona que nos toca tan de cerca como es nuestro hijo.
—¿Qué infamia? Tú usas unas palabrotas…
—Tiempo ha que Leonardo viene persiguiendo a una chica de color…
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Lo sé por la misma razón que tú lo ignoras.
—Nada me dices con eso. Es natural que Leonardito, joven y bien parecido, persiga a las chicas, como dices tú. Lo que no parece natural es que tú, ya viejo y feo, estés tan enterado de las persecuciones mujeriles del muchacho. ¿Te da envidia? ¿Quisieras que se metiera a fraile? ¿Por qué le celas?