La peineta calada
La peineta calada –Diga usted, diga usted, cuáles son esos remedios, mamita, que por violentos que sean, yo me creo con las fuerzas…
–No te apresures a pedÃrmelos, Rosario –la interrumpió la vieja con calma.
»Precisamente porque te conozco, no debÃa declarártelos… adivino tu respuesta.
–Pero, ¿qué se pierde con decÃrmelos?
–El uno, introducir la discordia entre Andrés y su mujer.
–Impracticable, mamita, de todo punto impracticable, porque ellos se quieren mucho y están muy unidos, me consta.
–El otro –añadió la vieja con cierta solemnidad–, quitar a Andrés de en medio.
–¡Jesús! ¡madre, qué horror! ––exclamó la muchacha tapándose la cara con las manos.
–Pues no hay más. O separamos a Andrés de su mujer, o le matamos. La imposibilidad de conseguir el primer remedio nos obligará a apelar al segundo. Y no pienses que te los he descubierto porque mi ánimo no es consultar tu opinión, nada de eso. Yo ya he determinado lo que debo hacer.