La peineta calada
La peineta calada –Toma, que si la conozco; desde chiquitica. ¿No ve usted que yo le he vendido a su madre algunos cortes de túnico de yocó y de muselina y de guinga? Buena señora parece: paga los géneros al precio que le piden ¡oh! si comprara mucho… serÃa la mejor de mis parroquianas. Pero son unas pobres gentes que tienen que trabajar para vivir. Se ocupan por lo regular en hacer flores de trapo, muñecas, jugueticos y dulces. Yo creÃa al principio que Andrés era hijo de la señora o querido de la muchacha y el que mantenÃa la familia. Porque, decÃa yo, hoy dÃa con flores y muñecas y dulces solamente no se puede pagar casa alta, ni comprar túnicos y mantas de seda, ni mantones para ir a misa, ni zapatos de raso, ni…
–¿Conque sabe usted –le interrumpió la Chirinos otra vez– cuál es la casa de Andrés y quién es su mujer… ? Me alegro. ¿Ha observado también qué tal se llevan? ¿Están muy unidos? ¿Se quieren mucho?
–¡Ah! Sobre eso sà que no puedo darle ninguna razón, seña Caridad; pues desde hace muchos meses por rareza me llaman en esa casa, y cuando yo entraba en ella con más frecuencia casi nunca me topé con Andrés. Como gentes forasteras que son viven solas y se tratan poco con las otras gentes. Pero ¿a qué vienen tantas preguntas, seña Caridad? ¿Me está usted confesando, por ventura? ¡Sobre que me están entrando ganas de no responderle más!