La peineta calada
La peineta calada Callado y pensativo siguió el encapotado los pasos de su conductora, la cual así que dobló la esquina, detúvose a la sombra de los paredones del viejo convento y habló de esta manera:
–¿Sabe usted, don Liborio, dónde vive Andrés ahora?
–¿Cómo dónde vive ahora? Donde ha vivido siempre.
–No, porque desde que dejó la navegación he sabido que se mudó dentro de la ciudad y él antes vivía fuera de las murallas, en la calzada del Monte. Mas esto poco importa. ¿Sabe usted dónde vive?
–Demasiado que sé: frente a la muralla, allá por Paula, casa de…
–Bien, bien –le atajó la Chirinos de pronto–. ¿ Conoce usted a su mujer?
–¿Luego parece que usted se ha convencido de que yo decía verdad? –replicó riendo y sin responder directamente a la pregunta el encapotado.
–Sí, me he convencido, don Liborio. La misma Rosarito, mi hija, me contó anoche lo que había habido en el asunto. Pero contésteme usted. ¿Conoce usted o no a la mujer con que se ha casado Andrés?