La peineta calada

La peineta calada

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A la sazón no ardían en el templo más luces que la lámpara de plata pendiente del arco toral y las de dos bujías colocadas allá en el fondo sobre el altar mayor, delante del que un reverendo franciscano celebraba el oficio divino: por manera que los varios grupos de los fieles arrodillados en el centro de la crujía más semejaban sombras que criaturas humanas. De cuando en cuando la campanilla del ayudante resonaba aguda y lejana por las altas bóvedas de la iglesia y apagándose repentinamente los murmullos sordos y prolongados de los que oraban, sólo se oían los hondos y huecos golpes de pecho, pisadas sobre losas de sepulcros vacíos. La escena no podía ser más solemne, más pavorosa. El hombre del rasgado capote, que al parecer no había tomado parte en el fervor general, no hacía más que mirar a una parte y a otra, como azorado: acá montones de cabezas fijas, oscuras, sin expresión; allá dos luces vacilantes y dos hombres moviéndose ante ellas; acullá las puertas del templo abiertas de par en par y el mortecino brillo del alba y las apagadas estrellas en el fondo de un cielo azul.

Sin duda se había abstraído completamente en la consideración de objetos tan extraños, porque cuando se acabó la misa, se acercó la vieja, tocóle en el hombro y le dijo "Vamos"; él tembló de pies a cabeza, como hombre que despierta asustado.


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