La peineta calada
La peineta calada –No… sÃ… Espéreme ahà o entre, que no se le caerá encima la iglesia –contestó la astuta vieja, huyendo darle una respuesta decisiva. Y conociendo que querÃa irse o temiéndolo le echó mano por el capote y lo arrastró tras sÃ, con amable sonrisa hasta la mitad del templo.
–¡Pierdo una buena acción!… –exclamó el encapotado hablando consigo mismo–. Si pudiera escaparme… pero esta maldita vieja es capaz de seguirme y hacerme una mala obra. Paciencia ya no hay más que paciencia. Y hace que reza la muy pelleja y no me quita los ojos. Veremos, es preciso andar sobre aviso con ella.
Todo este monólogo lo hacÃa nuestro hombre en uno de los escaños mientras la vieja Chirinos, arrodillada en el centro de la crujÃa en medio de otras muchas mujeres, manoseaba las gruesas cuentas de un rosario, y murmuraba sus oraciones.