La peineta calada
La peineta calada En la esquina inmediata a la casa donde se hallaba nuestra melancólica joven había uno de los dichos faroles, colgando de su pescante de hierro, que además de tener todos sus vidrios empañados de humo, bamboleábase a guisa de ahorcado y apenas daba luz para alumbrar la bocacalle. Sin embargo, algunas veces, cuando el viento le dejaba quieto un instante, derramaba en torno de sí ráfagas y aureolas rojizas, que desde veinte pasos, podrían servir para divisar las pocas personas que pasaban por debajo de él.
En efecto, cosa de las siete, un hombre de chupa de lienzo y sombrero negro, dobló la esquina y la luz del moribundo farol le iluminó al pasar: la joven del balcón, que no había apartado sus ojos un momento de aquella dirección, al punto le vio, entróse en la sala, que atravesó de prisa derribando una silla donde había una canastica llena de flores de trapos; tomó la escalera de piedra y bajó de dos en dos los escalones basta el piso de la calle.
Acertaba a llegar allí entonces el desconocido: al ruido que ella hizo volvió la cara, y adivinando sin duda su intención, le dijo con maligna sonrisa: –¿Creíste que era él, paloma de mi vida? Pues te engañaste. En vano le aguardas, porque estoy seguro que no vendrá esta noche. Hay otra que le divierte más que tú.