La peineta calada
La peineta calada Que estaba ella triste e interiormente agitada, no se puede negar: para convencerse de ello, bastaría fijarle la atención en el seno, que como las olas del mar, cuando anuncian borrasca, ya se alzaba, ya se comprimía, cada vez con más violencia. ¿Pero de qué procedían su tristeza e inquietud? ¿Qué quería aquel corazón de mujer, a quien venía al parecer estrecho el pecho donde se albergaba?
Las horas volaban, el sol se hundió en su lecho de oro, las nubes desaparecieron a impulso del suave viento del norte que en aquella sazón soplaba, el firmamento se pobló de estrellas diamantinas, y todavía la joven permanecía en el balcón y conservaba la misma actitud. Por lo común cuando llegaba la noche en ese barrio, eran muy contadas las personas que cruzaban sus calles, y si hacía frío, con tanto más motivo, porque casi todos los vecinos cerraban sus puertas desde las oraciones o el Ave María, y los faroles, al menos en el tiempo de que hablamos, o emitían una luz demasiado escasa o se apagaban con la mayor facilidad.