La peineta calada

La peineta calada

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En el dicho balcón de una de esas graciosas casitas, al caer de la tarde de un fresco día de invierno, se hallaba una joven, al parecer de veinte años de edad, y con la cabeza suavemente apoyada en el pilar de madera que sostenía el guardapolvo del balcón. A primera vista, su actitud parecía indicar que tenían robada su atención la puesta del Sol, entre soberbias nubes de grana y los objetos que antes hemos descrito, tan pintorescos y bellos a aquella hora del día; pero con reparar un poco en sus ojos grandes, negros y apasionados, fácilmente se vendría en conocimiento, que los tenía clavados en la bocacalle inmediata, por donde sin duda esperaba que asomara de un momento a otro alguna persona querida, o cosa semejante. Por su inmovilidad y su cuerpo alto y delgado, cualquiera la hubiera creído antes sombra que individuo humano. Tenía el cabello negro como los ojos, sujeto el de adelante con pequeños peines de carey y la trenza bastante copiosa, con otro peine de la misma especie en forma de caracol, cuyo nombre les daban en la época a que nos referimos: vestía casualmente entonces, túnico blanco, y al cuello traía un pañuelo de seda oscuro, que hacía peregrino contraste con el color de aquél, y contribuía a darle la apariencia de sombra o estatua de la melancolía.




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