La peineta calada

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–Pero si yo no le pido a usted tanto como exponer su pellejo –objetó la vieja de pronto, conociendo que la indecisión de servirla que manifestaba don Liborio, procedía del temor al riesgo que correría vengándolas–. Confieso que mi primer pensamiento fue quitar a Andrés de en medio, pero he reflexionado que así no quedaría bien satisfecha. Quiero que él y su mujer sufran lo que sufrimos Rosario y yo, quiero que él no goce tranquilidad ni un momento; quiero, en fin, separarlos para siempre, metiendo la discordia entre los dos, hasta que se aborrezcan, si ahora se idolatran. ¿Cree usted imposible conseguir esto? ¡Ah! Es lo más fácil: yo se lo digo a usted. Sin embargo, duda usted prestarse a mi deseo porque recela que mi hija a pesar de todo no le querrá. No sea usted bobo: Rosario conocerá al fin que ya no tiene nada que esperar de Andrés, que no la amaba verdaderamente, sino que su idea siempre fue burlarse de ella; y conocerá también que el mundo no se encierra en Andrés. Esto por una parte, que por la otra, cuando ella vea los servicios que usted ha hecho por vengar sus agravios…






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